Blog de Nacho Rivas

Por si le sirve a alguien

Educación y Guerra financiera

Diariamente vivimos diferentes análisis sobre la crisis y las consecuencias sobre el sistema educativo y la destrucción del Estado de Bienestar. De alguna forma esto se nos presenta como inevitable, fruto de una “crisis” financiera (que no productiva; esta es más bien la consecuencia) que obliga a realizar recortes en el sistema público para bajar la deuda del Estado. El mensaje es claro: un sistema público y gratuito es insostenible en el estado actual de la economía. Por tanto estamos entrando en una nueva etapa del capitalismo en que la sociedad entera se liberaliza a favor del mercado, como única forma de sostenerse y evitar la caída total de la civilización de la que disfrutamos. Tal como yo lo veo, sin ser experto en economía, este es el mensaje y el fondo de la cuestión. Lo cual, sin duda, es sumamente grave.
El problema está en que esta es una posición ideológica que, ni es nueva, ni es inevitable. El origen del liberalismo económico y del capitalismo ya estaba diseñado con esta finalidad y sus 250 años de historia reciente, han significado un rodeo, necesario (para ellos) para llegar a este fin. Los primeros tiempos del capitalismo moderno están marcados por fuertes conflictos sociales y por fuerzas antagónicas peleando por un lugar en este conflicto. Patronos y trabajadores, o desde el ámbito ideológico, el liberalismo – burgués, y el socialismo (en sus diferentes versiones), en una lucha de posición para establecer acuerdos sobre los que sustentar el nuevo sistema económico y social. El estado moderno sirvió de parapeto para sostener estos conflictos y establecer marcos más o menos consensuados sobre los que sostener la situación. Soy consciente de la reducción que estoy haciendo de un análisis sin duda mucho más complejo y con muchas aristas.
En este escenario surgen dos grandes focos que capitalizan, por decirlo así, las dos caras visibles de la cuestión. Por un lado, la vieja Europa, con un proceso histórico complejo y convulso. Por otro, los Estados Unidos de América, fundado sobre las bases del propio liberalismo y como un estado nuevo en todos los sentidos. De hecho, eliminan la sociedad existente en el territorio ocupado para construir una nueva sociedad sobre estos principios. Las diferencias entre un lado y otro del charco son evidentes. Los distintos avatares históricos y bélicos que han atravesado estas historias han marcado su evolución.
Haciendo un gran salto histórico, los 90 supusieron la caída del “enemigo común” y, por tanto, el advenimiento de un nuevo escenario que había que manejar. Por un lado un bloque Europeo creciente, cada vez más poderoso con su modelo de capitalismo propio, de alguna forma limitado por las raíces racionalistas, que algo controlaban, al menos en el terreno moral. Por el otro lado el capitalismo más liberal y radical que se desarrolla en U.S.A. aupado al status de hegemónico por su papel en la victoria aliada en la II Guerra y su participación en los sucesivos conflictos bélicos que se han desarrollado a partir de ahí. Haciendo de nuevo una fuerte reducción del análisis, Europa no se conforma con ese rol secundario y, de alguna manera, subsidiario y se lanza a la conquista de la hegemonía. El Euro es la punta de lanza de esta pretensión. El resultado es una confrontación financiera entre los dos imperios: el dominante y el emergente. Lo cual nos lleva a la situación actual. Bajo mi punto de vista esta crisis, más allá de otras consideraciones, es el resultado de esta lucha de imperios, en el que uno de ellos, el dominante, ha iniciado las hostilidades en toda regla: Todas las agencias que están minusvalorando la economía europea son norteamericanas, amparadas en una acumulación del poder financiero en Alemania, como forma de asegurar la desunión en el sistema euro.
Por otro lado, esta lucha está agudizada por un matiz que quizás no están dispuestos a admitir la mayoría de los gestores actuales de la crisis: Está poniendo de manifiesto el fracaso del capitalismo y, por ende, del liberalismo, como modelo universal para la salvación colectiva de la especie humana. Antes bien, se comprueba que sólo es una opción para una parte mínima de la población, que necesita de la indigencia y de la situación de necesidad de la inmensa mayoría para poder subsistir. Por tanto, lo que se ha dado en llamar hipócritamente la “refundación del capitalismo”, no es más que la manifestación de su fracaso como proyecto común. Dejar actuar libremente al mercado no conduce a equilibrar las diferencias, como proclaman las leyes del liberalismo; como se puede ver sólo contribuyen a crear más separación entre ricos y pobres; más distancia entre clases sociales. El problema es que los sirvientes de este sistema, o dicho de otro modo, sus ejecutores, los políticos, no están dispuestos a romper la baraja a favor de un fin colectivo común. El problema aquí no es que nos salvemos todos, sino que se salven unos pocos.
Es en este contexto en el que el llamado estado de bienestar (si es que como tal existió alguna vez en sentido global) deja de tener sentido. La idea de derechos universales, como la educación, la sanidad, la vivienda, el trabajo, etc. no forman parte del proyecto de salvación de estos pocos; más bien representa un obstáculo. Mantener sistemas públicos en estos campos supone aceptar la posibilidad de una actuación colectiva de crecimiento y salvaguarda de la población. Algo que el mercado no puede asumir. Un sistema educativo que garantice un mínimo acceso a la cultura y al conocimiento de acuerdo a un proyecto de sociedad y ciudadanía, representa, de hecho, desde el punto de vista político, una opción contrahegemónica, entendiendo como hegemónico el paradigma del individualismo que representa el imperio capitalista. Lo mismo podemos decir de la sanidad o del trabajo.
Los sistemas educativos modernos surgen como una necesidad de formación para consolidar el capitalismo emergente, en el siglo XIX. En la sociedad compleja europea de los últimos 200 años, las fuerzas sociales han aceptado el reto de la educación formal como un espacio a conquistar para conseguir el progreso personal y social, así como la consolidación de sociedades democráticas. Los sistemas educativos son, en buena parte, una conquista social del movimiento democrático progresista (sin entrar en polémicas de lo que este término pueda significar en este momento, pero entiendo que puede englobar un número amplio de movimientos sociales). Sin duda se ha construido sobre las bases de un modelo racionalista y tecnocrático, pero no por ello debe ser condenado. Más bien hay que luchar por transformarlo, tal como educadores de todo el mundo llevan haciendo hace mucho tiempo, desde posiciones epistemológicas, políticas, culturales y sociales diferentes. El modelo racionalista regula la escuela para anular sus efectos emancipadores; las fuerzas sociales debemos luchar por desregularla para garantizar su reconstrucción en libertad.
En esta lucha estoy comprometido. Creo que necesitamos seguir peleando por la escuela y por el sistema educativo, pero no para sostenerla con el modelo actual sino para reconstruirla como parte de la construcción colectiva, democrática y libre que debería constituir esta sociedad. ¿Cómo? Como un proceso deliberativo, libre y abierto esté dispuesto a crear. En otros momentos iré aportando algunos elementos para el debate de esta propuesta.
He querido establecer la relación entre el sistema educativo y la crisis actual, como parte de la lucha social, política y de clase, que estamos viviendo. Es algo más (o mucho más) que unos recortes. La política actual aboca el sistema educativo a un sistema eliminado, mucho más segregador y clasificador; y al mismo tiempo legitimador de las mismas diferencias que origina. Contra esto tenemos que combatir. Por una escuela pública y comunitaria, que no es lo mismo que una escuela estatal y gubernamental.

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2 pensamientos en “Educación y Guerra financiera

  1. Nacho, Nacho, coincido con el punto de vista sobre la necesidad de continuar construyendo el ideal de una educación pública, más no del Estado. Es decir, una educación que forme a los sujetos de manera crítica, no como destreza, que en el discurso de las competencias se escucha en diversos foros, nacionales e internacionales, y en los que múltiples académicos se suman para obtener privilegios, materiales y simbólicos que mercantilizan tanto en Europa como en algunos países de América Latina. Me refiero a la educación, como diría Freire, para la trasformación social en la que el agente cobre conciencia de las coacciones simbólicas que se apropia en el curso de la vida cotidiana, a través del lenguaje mediante (Bourdieu,) y en los que la tradición es el peso más pesado que define modos de ser y pensar. Una educación, que algunos teóricos definen como deliberativa – Goodson, Kemmis, etc.- en la que el agente social establezca un diálogo con otros, mediatizados por el contexto y los patrones socioculturales que define condiciones de posibilidad para la trasformación.

    Por otra parte, no coincido en analizar el capitalismo desde una posición regionalista [Europa V.S. Estados Unidos], considero que el capitalismo es el capitalismo en cualquier contexto y su propósito, entre otros, es obtener la mayor cantidad posible de plusvalía del proceso del trabajo a favor de quien ostenta el capital [Especulativo, productivo, etc.]. Más sin embargo, coincido en que sería por demás acuciante analizar las tradiciones regionales, los patrones socioculturales de los capitalistas. Es decir, los patrones socioculturales y sus múltiples relaciones como mecanismos de poder, estatus y privilegios existentes en el espacio social.

    Felipe de J. Perales Mejía

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    • Felipe, gracias por los comentarios. Esta es una lucha histórica y que no va a terminar fácilmente. Por otra parte, coincido contigo en la visión del capitalismo global, pero como bien dices, hay tradiciones distintas y, sobre todo, una lucha entre ellos por conseguir la hegemonía. Creo que esta puede ser una de las claves, aunque los líderes europeos no quieran darse ni cuenta, o sean cómplices de una forma u otra.
      un abrazo.

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