Blog de Nacho Rivas

Por si le sirve a alguien

Calificar siempre es injusto.

Acabo de entregar las actas de notas del este cuatrimestre. Sin duda esta es la tarea más ingrata a la que me enfrente cada año, con cada grupo y con cada alumna y alumno en particular. Esto es algo que creo que compartimos la mayoría de los docentes y que debo confesar que en estos momentos, con el marco institucional que tenemos, es algo casi irresoluble. En el mensaje que mandé a mi alumnado de pedagogía para anunciar que ya teníamos publicadas las notas para su consulta y revisión, en su caso, les decía: “un acto de calificación siempre es un acto de injusticia, por tanto pido disculpas por los agravios que estoy cometiendo”. Quizás debería decir “estamos cometiendo” ya que la autoevaluación (y la consiguiente “autocalificación”) forma parte también de este drama.

Tengo que confesar que todos los años siento un profundo malestar cuando tengo que decidir si la nota que “se merecen” es un 5, un 6 , un 8 o un 10. Algo más sencillo era cuando bastaba con el aprobado, notable y sobresaliente, pero el afán de medir parece que es más consistente, administrativamente hablando, que el afán de comprender y de conocer. Mi malestar aumenta cuando siento que la única razón que hay para establecer una escala de este tipo es la necesidad de competir en el futuro en la búsqueda cruenta por un puesto de trabajo, una beca, una oposición… Se supone que tan graduado es el que obtiene una media de un 9 que el que la obtiene de un 6. La Universidad le certifica que es un o una profesional cualificado para realizar su trabajo. Si no estaría incurriendo en prevaricación o en cohecho (los abogados y jueces decidan). Por tanto, si en ambos casos se supone la cualificación, ¿qué sentido tiene la cuantificación? Sólo se me ocurre lo ya dicho: la competición salvaje o la segregación.puesta de sol en Málaga

El problema es anterior: ¿Qué enseñamos, cómo, qué estrategias ponemos en juego, qué valores…? Si al final todo se reduce a una nota, todo el proceso anterior queda reducido exclusivamente a una condición para resolver lo otro. Por tanto el conocimiento así producido no tiene más valor que el instrumental; el servir de condición para establecer una clasificación de cualificaciones del alumnado y, por ende, de los profesionales. Qué han aprendido realmente cada alumno y cada alumna, qué conocimiento se ha producido a lo largo de los 4 meses de clase, colectiva e individualmente, qué estrategias se han puesto el juego para comprender y manejar la realidad, qué capacidad de transformar y mejorar el mundo (educativo en este caso) se ha manejado, qué valores profesionales y, sobre todo, sociales se han puesto en juego, … Con la calificación todo este conjunto de interrogantes queda relegado o, en su caso abocado a un mero ejercicio intelectual sobre el que podemos debatir en seminarios científicos o en charlas de café. No es lo mismo pero en ambos escenarios debatimos acaloradamente sobre este tema.

El problema de la calificación se resuelve de muchas maneras por los diferentes docentes. Tenemos la moda renovada de las rúbricas que vienen a salvarnos de tanta subjetividad. En otros casos, quizás la mayoría, el tema se resuelve multiplicando las pruebas “calificables” que cuentan para la nota. A menudo eso supone establecer tablas de puntuación para cada prueba (decimales incluidos) o porcentajes de cada una de las estrategias de evaluación, tal como se nos pide en las guías docentes. En definitiva, pensamos que multiplicando las pruebas mejoramos la calidad de nuestra calificación. Esta es una de las deudas que nos queda de nuestro modo de entender Bolonia, del cual ya he hablado en otros post de este blog.  Como dicen en algunos lugares de Argentina, “no por mucho pesar al chancho, engorda más rápido”. O en versión castellana, ya utilizado por mi buen amigo Manuel Fernández, “pasamos más tiempo pesando al pollo que engordándolo”.

UnknownEl conocimiento no es, ni puede ser, el resultado de un proceso de calificación constante, sino que es consecuencia de la acción, de la  experiencia y de la reflexión. No se aprende más por estar constantemente calificado, ni siquiera evaluado, sino por acceder a experiencias significativas en entornos educativamente ricos, social, cultural, emocional, moral y políticamente configurados. Si tal como nos enseña las teorías psicológicas del aprendizaje y del conocimiento, este se produce a partir de construcciones colectivas, generadas en entornos particulares, lo que debería de preocuparnos en cómo conseguimos articular propuestas educativas relevantes que sean capaces de provocar una construcción de conocimiento de acuerdo a principios científicos, pero también morales, sociales, culturales y políticos. No habrá transformación de las prácticas de formación si no afrontamos con seriedad esta dimensión.

En mi opinión, esto no es más que una cara más de las muchas que está generando la burocratización de la educación en un régimen fuertemente neoliberal y orientado hacia la mercanitilización de las relaciones sociales, las educativas entre ellas. Esta hiperergulación del trabajo docente es un modo de embrutecimiento, ya que le anula como sujeto activo de la educación; es una forma de desprofesionalización, ya que reduce su trabajo a unos resultados reduccionistas y que únicamente sirven como factor de clasificación; y todo ello, por tanto, es parte del proceso de empobrecimiento profesional del docente, en todos los niveles. A más regulación, más dependencia, por tanto menos profesionalidad. Por supuesto, esto no incide en nada en su calidad, sino todo lo contrario. Cuando el criterio de la calidad se basa en la estandarización, la educación sale por la puerta de atrás.

Universidad de SalamancaHabría que modificar los procesos de calificación, incidiendo más en la evaluación (no cuantificable, sino comprensiva). Por otro lado, tendríamos que cambiar radicalmente las estructuras de trabajo en la universidad y, por ende, de la formación que estamos desarrollando. Habría que poner más peso en el conocimiento que se produce en las aulas, y no en el que es evaluable. De este modo estaríamos más preocupados por saber qué ocurre con nuestro alumnado. Habría que hacer una apuesta clara y decidida por el trabajo relevante y situado de nuestro alumnado. Al menos, deberíamos crear procesos de reflexión sobre todos estos aspectos. Seguir con este sistema es una forma de sostener un sistema declaradamente ineficaz y caduco, o una demostración de que no tenemos ni idea de qué le pasa ni al chancho ni al pollo.

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4 pensamientos en “Calificar siempre es injusto.

  1. El mundo es un enorme mercado en el que todo se vende, tanto los recursos como los talentos. Una enorme fábrica en la que hay muchas más personas ocupadas en vender lo que se produce que en fabricarlo. Se crean así miles de empleos ficticios y de necesidades inventadas y se construye una sociedad de trabajo y de ocio en la que se paga para que alguien o algo nos diviertan.

    Somos muchos y no hay suficiente para todos, solo para los mejores, para los más listos o los más fuertes, para los que están mejor preparados. Este es el mensaje y está en contradicción con el modelo de escuela pública que se postula en las leyes educativas: una escuela que facilita la igualación social incluyendo a todos y en la que nadie debería sentirse discriminado por su diferencia.

    Pero esta incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace nos afecta a todos. Hay un sentir ambiguo en el que, por un lado, queremos una educación distinta y, por otro, necesitamos la seguridad de que esta educación no nos deja en desventaja. Y buscamos una solución de compromiso que quiere creer que la fórmula consiste en formar mejor a los profesores, en que estén mejor pagados, dispongan de más recursos y sean capaces de motivar más a sus alumnos.

    Esto ayudaría, pero no basta ni es lo fundamental. De poco sirve comprar más ordenadores o que los profesores asistan a más cursillos si, paralelamente, no se cuestionan y se buscan alternativas a prácticas tan arraigadas como los exámenes, las notas, los deberes, los agrupamientos rígidos por edades, la compartimentación del saber en cursos y asignaturas, la repetición, sin elaboración, de lo que se ha memorizado y tantas otras rémoras.

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/incoherencias

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    • Gracias por tu comentario Enrique. Sin duda lo que digo para la universidad es igual de válido o más, para la educación primaria y secundaria. Estamos convirtiendo la educación en un mero sistema de calificación y eso nos aboca a un sistema fracasado, al menos en cuanto a su valor educativo. No fracasa en cuanto a su capacidad de segregación. en eso se lleva la máxima “nota”

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  2. Bueno Nacho, enhorabuena por el post, cuyo contenido sabes que comparto perfectamente. Yo también hace poco que he terminado con las calificaciones de mi alumnado y, como todos los años, me parece que es la peor parte de mi trabajo. Además de un ejercicio sin sentido -más allá del que explicas claramente en el post- ni para mi ni para ellos-as.

    Un abrazo y enhorabuena de nuevo 😉

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